Diego Velázquez

Jérémie Keoning a publié à la rentrée de septembre 2025 un passionnant petit livre : Enquête sur Les Ménines. Velázquez et le regard du roi chez Actes Sud.

Il publie en annexe la célèbre description d’Antonio Palomino.

Antonio Palomino de Castro y Velasco, Museo pictórico y escala, óptica, 3 tomes. Madrid, Lucas Antonio de Bedamar. 1715-1724. Édition moderne : Vida de Don Diego de Velázquez de Silva. Akal, Madrid, 2008.

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VII. En que se describe la más ilustre Obra de Don Diego Velazquez.

Entre las pinturas maravillosas que hizo Don Diego Velázquez, fue una del cuadro grande con el retrato de la Señora Emperatriz (entonces Infanta de España) Doña Margarita Maria de Austria, siendo de muy poca edad. Faltan palabras para explicar su mucha gracia, viveza y hermosura; pero su mismo retrato es el mejor panegírico. A sus pies está de rodillas Doña Maria Agustina, menina de la reina, hija de Don Diego Sarmiento, administrándole agua en un búcaro. Al otro lado está Doña Isabel de Velasco (hija de Don Bernardino López de Ayala y Velasco, Conde de Fuensalida, gentilhombre de cámara de su majestad), Menina también, y después Dama, con un movimiento y acción proprísima de hablar. En principal término está un perro echado; junto a él, Nicolasico Pertusato Enano, pisándolo, para explicar al mismo tiempo que su ferocidad en la figura, lo doméstico y manso en el sufrimiento; pues cuando le retrataban se quedaba inmóvil en la acción que le ponían. Esta figura es obscura y principal, y hace a la composición gran armonía. Detrás está Mari Barbola Enana, de aspecto formidable. En término más distante y en media tinta está Doña Marcela de Ulloa, Señora de Honor, y un Guardadamas que hacen a lo historiado maravilloso efecto. Al otro lado está Don Diego Velázquez pintando. Tiene la tabla de los colores en la mano siniestra, y en la diestra el pincel, la llave de la Cámara y de Aposentador en la cinta, y en el pecho el hábito de Santiago, que después de muerto le mandó su Majestad se le pintasen. Y algunos dicen que Su Majestad mismo se lo pintó para aliento de los profesores de esta nobilísima arte con tan superior cronista; porque cuando pintó Velazquez este cuadro, no le había hecho el rey esta merced. Con no menos artificio considero este retrato de Velazquez que el de Fidias, escultor y pintor famoso, que puso su retrato en el escudo de la estatua que hizo de la Diosa Minerva, fabricándole con tal artificio que si de allí se quitase se deshiciese también de todo punto la estatua.

No menos eterno hizo Ticiano su nombre con haberse retratado teniendo en sus manos otro con la efigie del Señor Rey Don Phelipe Segundo; y así como el nombre de Fidias jamás se borró en cuanto estuvo entera la estatua de Minerva, y el de Ticiano en cuanto durase el del Señor Phelipe Segundo, así también el de Velazquez durará de unos siglos en otros, en cuanto durare el de la excelsa cuanto preciosa Margarita, a cuya sombra inmortaliza su imagen con los benignos influjos de tan soberano dueño.

El lienzo en que está pintado es grande, y no se ve nada de lo pintado, porque se mira por la parte posterior, que arrima al caballete.

Dio muestras de su claro ingenio Velazquez en descubrir lo que pintaba con ingeniosa traza, valiéndose de la cristalina luz de un espejo que pintó en lo último de la galería, y frontero al cuadro, en el cual la reflexión o repercusión nos representa a nuestros Católicos Reyes Phelipe y Mariana. En esta galería, que es la del cuarto del príncipe, donde se finge y donde se pintó, se ven varias pinturas por las paredes, aunque con poca claridad; conócese ser de Rubens, e historias de las Metamorfosios de Ovidio. Tiene esta galería varias ventanas que se ven en disminución, que hacen parecer grande la distancia; es la luz izquierda, que entra por ellas, y sólo por las principales y últimas. El pavimento es liso y con tal perspectiva que parece se puede caminar por él; y en el techo se descubre la misma cantidad. Al lado izquierdo del espejo está una puerta abierta, que sale a una escalera, en la cual está Joseph Nieto, Aposentador de la Reina, muy parecido, no obstante la distancia y degradación de cantidad y luz en que le supone. Entre las figuras hay ambiente; lo historiado es superior; el capricho nuevo; y, en fin, no hay encarecimiento que iguale al gusto y diligencia de esta obra: porque es verdad, no pintura. Acabóla Don Diego Velazquez el año de 1656, dejando en ella mucho que admirar y nada que exceder. Pudiera decir Velazquez (a no ser más modesto) de esta pintura lo que dijo Ceuxis de la bella Penelope (de cuya obra quedó tan satisfecho): In visurum aliquem, facilius, quam imitaturum; que más fácil sería envidiarla que imitarla.

Esta pintura fue de Su Majestad muy estimada y, en tanto que se hacía, asistió frecuentemente a verla pintar. Y asimismo, la Reyna nuestra Señora Doña Maria Ana de Austria bajaba muchas veces, y las Señoras Infantas, y Damas, estimándolo por agradable deleite y entretenimiento. Colocóse en el cuarto bajo de su majestad, en la pieza del despacho, entre otras excelentes; y habiendo venido en estos tiempos Lucas Jordan, llegando a verla, preguntóle el Señor Carlos Segundo, viéndole como atónito: ¿Qué os parece? Y dijo: Señor, esta es la teología de la pintura, queriendo dar a entender que así como la teología es la superior de las ciencias, así aquel cuadro era lo superior de la pintura

Traduction (Jérémie Koering).

Où est décrite l’oeuvre la plus illustre de Don Diego de Velázquez.

Parmi toutes les peintures merveilleuses faites par Don Diego Velázquez, il y a un grand tableau avec le portrait de l’impératrice Marguerite-Marie d’Autriche (alors infante d’Espagne) dans son plus jeune âge. Les mots font défaut pour expliquer toute sa grâce, sa vivacité et sa beauté, mais le portrait lui-même est le meilleur des éloges. Agenouillée à ses pieds, Doña María Agustina, ménine de la reine et fille de Don Diego Sarmiento, lui offre de l’eau dans une cruche d’argile. De l’autre côté, Doña Isabel de Velasco (fille de Don Bernardino López de Ayala y Velasco, comte de Fuensalida, gentilhomme de la Chambre du roi), également ménine, avant d’être suivante de la reine, a l’attitude et le mouvement de quelqu’un qui s’apprête à parler. Á l’avant se tient un chien couché, et à ses côtés le nain Nicolasico Pertusato, en train de lui marcher dessus, comme pour montrer que sa férocité était domestiquée, et qu’il restait docile dans la souffrance ; car quand on le peignait, il demeurait immobile quelle que soit la position dans laquelle on le plaçait. Cette figue est sombre et confère une grande harmonie à la composition. Juste derrière on trouve la naine Mari Bárbola, à l’aspect formidable. Plus loin, dans la demi-pénombre, Doña Marcela de Ulloa, dame d’honneur, et un écuyer des dames de la cour confèrent à la scène un merveilleux effet. De l’autre côté, Don Diego Velázquez est en train de peindre ; il tient la palette de couleurs dans la main gauche et le pinceau dans la droite ; la double clé de la Chambre et du Chambellan du Palais pend à sa ceinture ; et il porte sur la poitrine l’insigne de Saint-Jacques, que Sa Majesté a ordonné de peindre après sa mort. D’aucuns disent que c’est Sa Majesté elle-même qui le peignit, pour encourager les praticiens de ce très noble art avec l’exemple d’un si grand chroniqueur. Car au moment où Veláquez peignit ce tableau, le roi ne lui avait pas encore octroyé cet honneur. Je considère ce portrait de Velázquez aussi habile que celui que peignit Phidias, fameux peintre et sculpteur, sur le bouclier de la statue de la déesse Minerve, le composant avec un tel art que, s’il avait été retiré, la statue tout entière s’en serait trouvée défaite.

Titien ne rendit pas moins éternel son nom lorsqu’il peignit lui-même tenant dans ses mains un portrait à l’effigie de Philippe I I ; et de même que le nom de Phidias perdurera tant que la statue de Minerve restera entière, et que le nom de Titien sera préservé tant qu’existera le portrait de Philippe II, celui de Velázquez durera siècle après siècle, aussi longtemps que sera conservé le portrait de l’excellente et précieuse Marguerite, à l’ombre de laquelle il immortalise son image sous l’influence bénigne d’une aussi digne souveraine.

La toile sur laquelle il est en train de peindre est de grande dimension, et rien de ce qu’il peint n’est visible, car on la regarde depuis la partie arrière, du côté qui repose sur le chevalet.

Velázquez a fait preuve d’une évidente ingéniosité pour révéler ce qu’il peignalt en utilisant astucieusement la lumière cristalline d’un miroir peint au fond de la Galerie, devant le cadre, et grâce auquel le reflet, ou la réflexion, représente nos rois catholiques Philippe et Mariana. Dans cette Galerie, qui est celle des appartements du prince, où il se représente en train de peindre, on peut voir, bien que difficilement, plusieurs tableaux de Rubens représentant des histoires tirées des Métamorphoses d’Ovide.

Cette Galerie a plusieurs fenêtres, que l’on voit progressivement diminuer, et qui donnent une impression de profondeur ; la lumière entre par la gauche mais seulement par la première et la dernière fenêtre. Le sol est lisse, mais avec une telle perspective qu’il semble possible d’y cheminer ; du plafond, on peut voir tout autant de surface.

Á gauche du miroir se trouve une porte, qui mène à un escalier où se tient Joseph Nieto, aposentador de la reine. Il est très ressemblant malgré la distance, la diminution de la lumière et sa taille. Entre les personnages, il y a de l’air. La composition historiée est supérieure et le caprice figuratif nouveau.

Enfin, aucune louange ne saurait faire justice au goût et à l’habileté de cette oeuvre, car elle est plutôt réalité que peinture. Don Diego Velázquez l’a achevée en l’année 1656, y laissant beaucoup à admirer, et rien à surpasser. Velázquez aurait pu dire de cette peinture (s’il n’avait été aussi modeste) ce que Zeuxis avait dit de la belle Pénélope (une oeuvre dont il était si satisfait) : “In visirum aliquem, facilius, quam imitaturum” (il serait plus facile de l’envier que de l’imiter”).

Cette peinture fut très estimée de Sa Majesté, de sorte qu’elle allait très souvent la voir au moment de son exécution ; ce que faisait également Notre Reine, Marie-Anne d’Autriche, et les infantes et les nobles dames qui trouvaient en cela un divertissement des plus délectables. Elle fut placée dans l’appartement bas de Sa Majesté, dans son bureau, parmi d’autres oeuvres excellentes. Et Luca Giordano, étant venu la voir à cette époque-là, le roi Charles II, qui le voyait tout stupéfait, lui demanda : qu’en pensez-vous ? Et il répondit : Sire, c’est la théologie de la peinture ! Donnant à entendre par là que, tout comme la théologie est la plus haute des sciences, ce tableau est le sommet de la peinture.

Philippe Lançon a publié dans Libération à ce sujet le 17 décembre 2025 L’énigme des «Ménines» de Velázquez au cœur d’une enquête érudite et sensible.

https://www.liberation.fr/culture/livres/lenigme-des-menines-de-velazquez-au-coeur-dune-enquete-erudite-et-sensible-20251217/

On peut aussi écouter le podcast de l’émission de Patrick Boucheron du dimanche 16 novembre 2025 Allons-y voir ! : Le piège de Velázquez : “Les Ménines”, fiction et théorie.

https://www.radiofrance.fr/franceculture/podcasts/allons-y-voir/le-piege-de-velazquez-les-menines-fiction-et-theorie-6896699

“Les Ménines ! Encore ? Non ! Non ! Par pitié ! Ça suffit avec Les Ménines ! On a tout dit sur elles ! Tout et rien ? D’accord, mais quand même, maintenant, ça commence à bien faire”. Tel est le célèbre début du dernier chapitre de On n’y voit rien de Daniel Arasse, intitulé ” L’œil du maître “.

La Leçon d’équitation du prince Balthazar Carlos (Diego Velázquez). 1636-1637. Londres, Collection du duc de Westminster.

Antonio Machado

Portrait d’Emmanuel Kant. (Anonyme) v 1790. Centre de Recherche Kant, Université Johannes Gutenberg de Mayence.

Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo 1936. Livre I. Chapitre XXXII.

       (Kant y Velázquez)

“Es evidente, decía mi maestro —Mairena endosaba siempre a su maestro la responsabilidad de toda evidencia— que si Kant hubiera sido pintor, habría pintado algo semejante a Las Meninas, y que una reflexión juiciosa sobre el famoso cuadro del pintor sevillano nos lleva a la Crítica de la pura razón, la obra clásica y luminosa del maestro de Kónisberg. Cuando los franceses —añadía—tuvieron a Descartes, tuvimos’nosotros —y aun se dirá que no entramos con pie derecho en la edad moderna— nada menos que un pintor kantiano, sin la menor desmesura romántica. Esto es mucho decir. No nos estrepitemos, sin embargo, que otras comparaciones más extravagantes se han hecho —Marx y Cristo etc.— que a nadie asombran. Además, y por fortuna para nuestro posible mentir de las estrellas, ni Kant fue pintor ni Velázquez filósofo.
Convengamos en que, efectivamente, nuestro Velázquez, tan poco enamorado de las formas sensibles, a juzgar por la indiferencia ante la belleza de los modelos, apenas si tiene otra estética que la estética transcendental kantiana. Buscadle otra y seguramente no la encontraréis. Su realismo, nada naturalista, quiero decir nada propenso a revolcarse alegremente en el estercolero de lo real, es el de un hombre que se tragó la metafísica y que, con ella en el vientre, nos dice: la pintura existe, como decía Kant: ahí está la ciencia físicomatemática, un hecho ingente que no admite duda. De hoy más, la pintura es llevar al lienzo esos cuerpos tales como los construye el espíritu, con la materia cromática y lumínica, en la jaula encantada del espacio y del tiempo. Y todo esto —claro está— lo dice con el pincel.
He aquí el secreto de la serena grandeza de Velázquez. Él pinta por todos y para todos; sus cuadros no sólo son pinturas, sino la pintura. Cuando se habla de él, no siempre con el asombro que se merece, se le reprocha más o menos embozadamente su impasible objetividad. Y hasta se alude con esta palabra —¡qué gracioso!—al objetivo de la máquina fotográfica. Se olvida -decía mi maestro— que la objetividad, en cualquier sentido que se tome, es el milagro que obra el espíritu humano, y que, aunque de ella gocemos todos, el tomarla en vilo para dejarla en un lienzo o en una piedra es siempre hazaña de gigantes”

Las Meninas. Detalle: el pintor. 1656. Madrid Prado.

Pour les rapports entre Descartes, Kant et Velázquez, on peut se reporter à l’essai de José Ortega y Gasset, “Sobre el punto de vista en las artes” publié dans la revista de Occidente en 1924.

“Hasta entonces la pupila del pintor había girado ptolomeicamente en torno a cada objeto siguiendo una órbita servil. Velázquez resuelve fijar despóticamente el punto de vista. Todo el cuadro nacerá de un solo acto de visión, y las cosas habrán de esforzarse por llegar como puedan hasta el rayo visual. Se trata, pues, de una revolución copernicana, pareja a la que promovieron en filosofía Descartes, Hume y Kant. La pupila del artista se erige en centro del cosmos plástico y en torno a ella vagan las formas de los objetos. Rígido el aparato ocular, lanza su rayo visor recto, sin desviación a uno y otro lado, sin preferencia por cosa alguna. Cuando tropieza con algo no se fija en ello y, consecuentemente, queda el algo convertido, no en cuerpo redondo, sino en mera superficie que intercepta la visión.”

“Demos un salto hacia 1600, época en que comienza la pintura de hueco. La filosofía está en poder de Descartes. ¿Cuál es para él la realidad cósmica?, Las substancias plurales e independientes se esfuman. Pasa a primer plano metafísico una única substancia -substancia vacía, especie de hueco metafísico que ahora va a tener un mágico poder creador. Lo real para Descartes es el espacio, como para Velázquez el hueco.”

Portrait de José Ortega y Gasset (Ignacio Zuloaga). 1920. Collection particulière.

Voir le texte intégral:

https://fr.scribd.com/doc/3819932/Ortega-y-Gasset-Jose-Sobre-el-punto-de-vista-en-las-artes

Voyage d’Edouard Manet en Espagne. Août-septembre 1865

Édouard Manet (Ferdinand Mulnier) v 1877-82

Lettre d’Edouard Manet à Henri Fantin-Latour

Dimanche matin [3 septembre 1865]

Mon cher ami, que je vous regrette ici et quelle joie c’eût été pour vous de voir ce Vélasquez qui à lui seul vaut le voyage ; les peintres de toutes les écoles qui l’entourent au musée de Madrid et qui y sont très bien représentés semblent tous des chiqueurs. C’est le peintre des peintres: il ne m’a pas étonné mais m’a ravi. Le portrait en pied que nous avons au Louvre n’est pas de lui. L’infante seule ne peut être contestée. Il y a ici un tableau énorme rempli de petites figures comme celles qui se trouvent dans le tableau du Louvre intitulé les cavaliers, mais figures de femmes et d’hommes, supérieures peut-être et surtout parfaitement pures de restauration. Le fond, le paysage est d’un élève de Vélasquez.

Le morceau le plus étonnant de cet [sic] œuvre splendide et peut-être le plus étonnant morceau de peinture que l’on ait jamais fait est le tableau indiqué au catalogue, portrait d’un acteur célèbre au temps de Philippe IV ; le fond disparaît, c’est de l’air qui entoure ce bonhomme tout habillé de noir et vivant ; et les fileuses, le beau portrait d’Alonzo Cano, las Meninas (les nains), tableau extraordinaire aussi, ses philosophes, étonnants morceaux – tous les nains, un surtout assis de face les poings sur les hanches, peinture de choix pour un vrai connaisseur, ses magnifiques portraits, il faudrait tout énumérer, il n’y a que des chefs- d’œuvre; un portrait de Charles Quint par Titien, qui a une grande réputation qui doit être méritée et qui m’aurait certainement je crois paru bien autre part, me semble ici être de bois;

Et Goya, le plus curieux après le maître, qu’il a trop imité dans le sens le plus servile d’imitation. Une grande verve cependant. Il y a de lui au musée deux beaux portraits équestres dans la manière de Vélasquez, bien inférieurs toutefois. Ce que j’ai vu de lui jusqu’ici ne m’a pas plus énormément; je dois en voir ces jours-ci une magnifique collection chez le duc d’Ossuna.

Je suis désolé, le temps est très laid ce matin et je crains que la course de taureaux qui doit avoir lieu ce soir et à laquelle je me fais un plaisir d’aller, ne soit remise, à quand? – Je vais demain faire une excursion à Tolède. Là, je verrai Gréco et Goya très bien représentés, m’a-t-on dit.

Madrid est une ville agréable, pleine de distractions. Le Prado, charmante promenade couverte de très jolies femmes toutes en mantilles, ce qui est d’un aspect très original; dans les rues encore beaucoup de costumes, les toreros qui eux aussi ont un costume de ville curieux.

Adieu, mon cher Fantin, je vous serre la main et suis t. à vous.

E. Manet

Vous pouvez compter sur votre catalogue quoiqu’il soit très difficile à avoir.

J’ai trouvé à Madrid, le jour de mon arrivée, un Français qui s’occupe d’art et qui me connaissait.
Je ne suis donc pas seul.

Pablo de Valladolid. v 1632-37. Madrid, Prado.